sábado, 25 de julio de 2015

"Duello, el Cuarto País: La leyenda de Aria Nera." (Parte I)

"La leyenda de Aria Nera"
"No lo entiendo, la verdad." Terminó la chica, tirando con exasperación el libro de Historia de las Eras. A su lado su amiga sonreía tímidamente.
"No es difícil... ¿Qué es lo que no entiendes?"
"La leyenda del Arianera."
"Aria Nera." Corrigió Jiuditte. Robin bufó. "Venga, no es difícil... ¿y si te la cuento yo?"
"Ngh."
"Veeeeeenga. ¿Qué sabes de Duello?"
"Es nuestro país vecino" recitó de memorieta "y la cuna de toda la energía natural de Livrente. Livrente lo es todo, es la unidad. La unidad se parte en cuatro. Lo primero es Áncrata, base de los bienes materiales y mecánicos, cuna de los Espejos. El segundo país es el mío," dictaminó la joven princesa "Itania, el Reino Azul y lugar de todas las Artes."
"¿Y el tercero?"
"Alejado, son los reinos misteriosos e inidentificados."
"Y el cuarto..."
"Es Duello... ¡Pero todo eso ya lo sé!"
"¿Y qué sabes de Duello?"
"Agh... Es el Emirato de la Magia."
"¿Y quién lo reina?"
"Nadie. Bueno, esa es la teoría, todo el mundo sabe que Sur es el que manda." Dijo encogiéndose de hombros. "Eso me dijo Padre... y que Sur es el lugar de la Luz y la casa de los caballeros solares. Norte es el sitio de los templos para rezos y la casa del Aire, y Oeste las lagunas donde el Agua es el máximo poder."
"¿Y Este?"
"Nadie habla de Este, Este es taboo."
"Pues la historia trata de Este."
"¿¡Por qué crees que no me gusta?!"
"Calma, es una bonita leyenda. Te la contaré..."
"No te voy a escuchar."
"Ya verás cómo te gusta"
"Sigo sin escucharte. ¡Oh, mira, una mariposa!"
"Mira, mira...
Hace mucho, mucho tiempo, cuando Itania aun era joven y la habitaban los lobos azules,Duello estaba en su máximo brillo. Eso no quería decir que fuera un lugar seguro, ya que del Este venían de vez en cuando nuevos peligros o enfermedades, oleadas de oscuridad que tardaba meses en desaparecer o pesadillas que asolaban toda la nación. Nadie se adentraba en Este, era Este quien venía a por nosotros.
Yo me llamé en un tiempo Agripa, y fui testigo de demasiadas guerras o injusticias, manos levantadas por encima de otras manos, sangre derramada y desgracias... tantas que no merecen ni ser contadas, pese a ser ellas las que desgastaron mi nombre.
Las manos me tiemblan al escribir esta historia, ya que es la más terrible que jamás he narrado y seguramente sea un punto y final en mi larga vida.
Por aquellos tiempos era yo un mozuelo, hijo de las regiones del Norte y de mi señora madre y mi señor padre. Estábamos en la época cuando Eudes, el caballero blanco, terminaba su reinado en el Sur y buscaba sucesor antes de exhalar su aliento final.
Era yo vecino de una sacerdotisa de la Noche, llamada Atlair, bella entre bellas e hija del Aire como yo y como todos. Nunca hubo mujer más amable, ni valiente ni hermosa, ya que cuando los terrores del Estcomenzaron a asolarnos a nosotros, los desprotegidos, ella daba de comer a los enfermos y les cantaba dulcemente como el trino de un pájaro en la mañana. Ah, lo que disfrutábamos todos al oírla cantar... Mas una aciaga noche, Atlairhabía salido a curar a una enferma y no regresó hasta tres días después, cuando ya se la creía muerta. Vino pálida y asustada y a los dos meses supimos por qué, cuando sus vestidos le empezaron a quedar ajustados.
Dio a los nueve meses luz a una criatura de cabello negro y ojos de un azul frío como la hiel. Recuerdo haber visto a esa criatura en la cuna y sentir escalofríos al fijar mi mirada en la suya. Claro, que por entonces no había visto mundo como ahora y era nada más que un atolondrado muchacho. Como solía pasar mucho tiempo cerca de esa casa por la inmensa colección de libros que la mujer tenía, capté cierta vez una conversación que ella tuvo con uno de los jefes de Norte.
"No solo es hijo de una sacerdotisa, también su padre es un viajante del Este y sabes bien lo que eso significa. Aun a pesar de ello, ¿sigues animada a criarlo junto a los demás como si fuera otro inocente polluelo?"
"No solo es un niño, es mi hijo" había contestado ella, con una calma asombrosa "y si la Escuela del Norte no le admite, debo suponer que yo tampoco soy admitida aquí."
"Sobre tu responsabilidad cae esto, mujer."
"No me digas más. Ahora el niño ese raro fue a la escuela y los mató a todos, o algo."
"No te lo puedo contar si no estás callada, Robin... Pensaba que no te interesaba, además."
"...No me interesa... CALLA Y SIGUE LEYENDO."
"Heh. Ahora son cartas de los maestros de la Escuela de Norte... al parecer sí que logró entrar."
"Oh, genial."
"Shhh. Entonces... seguimos. La primera es de un tal Profesor Herea...
Estimado Director,
Debo decir que el alumno Alexander Moonblade se distrae anormalmente en clase. Megustaría ver si su conducta puede ser corregida y la anormalidad pueda ser por fin normalidad. Apelo al Consejo para que traten con el alumno Moonblade y dictaminen si pueden mejorar en algo dicho problema.
Atte: Prof. Herea.
Estimado Director,
Como Portavoz del Consejo del Norte debo advertirle de la conducta del alumno AlexanderMoonblade quien presenta indudables muestras de desatención y poco interés.
Como me imagino que sabrá, la ley n°7 del Reino del Norte establece que todo aquel que no sea firme y constante es acusado de ser un infectado del Reino Este y se exige su inmediato aislamiento del resto del país.
Atte: Consejo del Norte.
Estimada Sacerdotisa Moonblade,
Lamento informar de la acusación del Consejo del Norte ante el peligro de que su hijoAlexander Moonblade lleve consigo el demonio del Este. Si no se le es extirpado se procederá a su inmediato aislamiento en la Magna Torre.
Lamento las molestias.
Director de la Escuela del Norte."
"...Wooooow..."
"¿Fuerte, eh?"
"NO. NO ME ACLARO. NO ENTIENDO NADA. ¿Qué es el Consejo? ¿Y la Magna Torre? ¿Por qué ser distraído es suficiente para que te encierren y... qué demonios pasa con Este?"
"Si me dejaras seguir leyendo..."
"LEE."
"Ah, sabio Agripa, me dijeron una vez, ¿si no es más desafortunado aquel que nace ya con el mal que el que se hace malvado?
Yo no supe responder a esto y hoy en día sigo sin poder afirmar ni negar estas palabras sabias, pero como ya dije antes, por aquel entonces era tan descuidado y alocado... Fue una suerte que no me mandaran a la Magna Torre, como tantos.
A cualquiera que incumpliera las normas que el rey del Sur o el Consejo del Norte y Oeste dictaran se les reservaba una sentencia de reclusión, un lugar vergonzoso para el puro y la casa del estropeado, en el cruce de los cuatro reinos donde tantas discordias se generaron... ahí, en esa torre inmensa e inespugnable con la más dolorosa magia como barreras estaba el malvado, todo ser cuyo interior estuviera contaminado o podrido y no pudiera ser arreglado...
El pequeño Alexander crecía bien, como cualquier otro infante. Comía lo que había en el plato y no tenía convulsiones ni evidenciaba un demonio interior, pero había sido maldecido por la sangre de su padre, el viajero del Este, con la enfermedad de la Ausencia.
Al mes de entrar en la escuela, ya no escuchaba a sus maestros y se dedicaba a mirar soñador por la ventana. A los dos meses era irrespetuoso con ellos y usaba su lengua afilada para responder ante sus acusaciones. A los tres meses demostraba su incomodidad ante sus compañeros y se distanciaba a propósito. A los cuatro meses había perdido cualquier rastro de emoción en sus facciones. A los cinco meses no sentía con el corazón y a los seis, tras decir que el cariño por su madre no estaba presente en él, tampoco sentía con el alma.
Pese a los ruegos y las protestas de la buena sacerdotisa, el chico fue mandado a la Magna Torre, cuatro años y cuatro meses como la sentencia dictaba antes de darle muerte. Más sin embargo conoció allí a cuatro personajes ya conocidos por odas y leyendas, ya que no eran otros que los gemelos de la desgracia Vicenzo y Cato, del reino del Oeste, Marthyn, hijo de rebeldes del país de Áncrata y la dulce y pura Ellian, del reino Sur y sobrina única del rey, que con gran dolor en su corazón la tuvo que dejar ir.
Todos estaban infectados menos el que no era de Duello, los cinco formaron la Terrible Alianza y lucharon por lo que nadie antes había osado pensar siquiera: escapar de la Torre.
Nueve meses les llevó salir de aquel laberíntico torreón engañoso, nueve duros meses en los que sus poderes se pudrieron y se infectaron por la Oscuridad del Este. Justo antes de volver a ver el Sol, Cato murió en una de las trampas, bajo los mismos ojos de su gemelo hermano. Los que lograron ser testigos de tal aciago accidente siempre lo expresan como lo que comenzó el fin, el momento en el que la oscuridad del Este invadió el interior de Vicenzo y el dulce Agua se corrompió tiñéndose de rojo, como de rojo se tiñeron los ojos de él. El demonio del Este lo poseyó por completo y le hacía crecer colmillos y garras, le desgreñabael pelo, le enrabiaba por dentro... Entre rugidos de animal se lanzó a atacar a los que una vez hubo llamado amigos, el primero Alexander para hacerlo caer. Nadie contaba con los sentimientos puros de la dulce chica del reino de la Luz, del Sur, aquella a la que sus poderes menos habían sido corruptos.
Ellian abandonó el reino de los vivos por culpa de un arañado profundo, ¡ay! Tan pequeño que parecía y lo que hacía sangrar hacia la tierra... Fue en los brazos de Alexander donde encontró su descanso eterno, susurrando su última confesión, la de amor. Pero ni tiempo tuvo de llorar su pérdida, ya que Vicenzo aun no había calmado su ira y Marthyn los había abandonado..."
"QUIETA AHÍ."
La joven pegó un respingo al ser sacada tan bruscamente de la historia. A su lado Robin respiraba con dificultad, las mejillas se le habían sonrojado de la emoción y el enfado.
"¡Alto!" Repitió "¡Eso no tiene fundamento alguno, Marthyn nunca fue un cobarde! Está descrito en la historia de Livrente como el héroe que junto a Jo liberó al primer reino, Áncrata, del yugo del Creador de Espejos... ¡No era un cobarde!"
"Eso es lo que está recogido aquí..." dijo intentando calmar a la princesa de Itania. Ella, bufando, se cruzó de brazos y piernas y le dio la espalda.
"Sigue."
"[…] Marthyn los había abandonado y su amada ya no estaba. Alexander intentó llamar a sus poderes pero estos, ya fuera por su podredumbre o por obra y gracia del destino, no acudieron a su llamada mientras Vicenzo se acercaba para darle fin.
Entonces cerró los ojos, y convocó a sus nuevos poderes, los que Este había contaminado y renovado. Ellos sí respondieron, pero el precio fue demasiado alto.
La oscuridad desgarró al chico de dentro a fuera, salió violentamente de él y como ácido se lanzó sobre Enzo, quien murió quemado entre sufrimientos terribles y odiosos. Pero de tan fuerte que habían salido estos poderes de Alexander no fueron lo único que se distanció  de él... sus emociones y sentimientos, su idea de Bien y Mal, sus deseos y sus profundos anhelos... todo le abandonó, dejando un vacío recipiente que marcaba la crueldad.
La última vez que se le vio cerca de la Torre fue mientras abandonaba el lugar si mirar atrás, después de tomar el collar de Ellian y colgárselo en el cuello sin pena en los ojos. Su rostro, decorado ahora por negros tatuajes de escritura hermosa y desconocida lengua, con crueldad marcaban su nueva cara, esa que sería temida y odiada."
"..." Cerró el libro la pelirroja. Robin despertó de su estado aletargado y la reclamó con expresión enojada.
"¡Sigue!"
"No puedo."
"¿¡POR QUÉ?!"
"A partir de este momento el relato de Agripa se acaba y no puedo definir bien lo que es real o no... Puede ser que el mito del pobre chico se oscureciera sin motivo, para ser tan odiado."
"De todas formas quiero oírlo. ¿Qué sigue?"
"A partir de este punto son explicaciones breves de autores desconocidos, anécdotas dispersas de campesinos de los reinos del Norte, el Sur y el Oeste que aseguran haber presenciado apariciones de un chico solitario. Hay puntos comunes, como que vestía todo de negro, su pelo era del mismo color y los ojos azules y fríos como el hielo, pero... en algunos relatos mata por matar, es pura crueldad. Otros insisten que solo es un serio muchacho con tatuajes que le recubren la parte izquierda de la cara, hombro y cuello que está buscando a alguien, pero no es un asesino."
"¿Nada más en común?"
"La mayoría habla de una extraña enfermedad que le crecía en el pecho, abultándolo como si se tratara de una maldición y... algo más."
"¿Qué?"
"En todos los relatos, el muchacho se dirigía al Este."

"¿Por qué no puedo, Padre?"

"Por todos los Azules, Robin... ¿qué estás haciendo?"
"Padre, yo... nada. Nada, padre."
"¿Cómo que nada? ¿Llamas a esto nada? Pensabas salir otra vez sin decírselo a nadie, ¿no es cierto?"
La chica, arrepentida, miró las suelas de sus zapatos, incapaz de aguantarle la mirada al regio rey azulado que estaba frente a ella, con reproche en sus ojos. En un arrebato de molestia consigo misma había tratado de escapar de nuevo de la seguridad del palacio, vestida como una campesina.
"...¿Por qué no puedo, Padre?" Robin se mordió el labio inferior, pero las palabras salían como un torrente de su joven boca de quince años. "Todos, ¡todos están afuera! Todos pueden salir, jugar, divertirse... ¿por qué debo quedarme encerrada en el castillo?"
"Sabes por qué."
"¡Entonces no quiero el trono!" La mirada de su padre fue severa, pero eso no la asustó. "¡Quiero vivir!"
"Si no consideras esto una vida..."
"Tengo riquezas, tengo poder. ¿Me sirve de algo si no tengo libertad para usar ese dinero o pasear por las calles tranquilamente? Tengo que renunciar hasta a mi nero por una corona que nunca quise. Yo-"
"¡BASTA!" Gritó el rey. La chica, asustada, dio un paso atrás. Jamás le había visto así. "...Solo ve a tu cuarto."
"Sí, padre." Dijo Robin, la garganta atorada por los sollozos. Presurosa, salió de la sala, antes de ver a su padre derrumbarse en la silla.
"Lo siento, mi pequeña... Es por tu bien. Lo entenderás algún día." Deseó, desde lo más profundo de su anciano y cansado corazón.
En su cuarto, Robin lloraba, aferrada a una almohada. "...¿Por qué, Padre?"

Leyendas de Itania: Los Lobos Azules

Robin se acurrucó mejor en la cama, temblando entre las sábanas de un azul tan claro que casi era blanco. A su lado, Axia, rey de todo el país y su padre, le acariciaba la cabeza con suavidad.

"No te preocupes, es solo un resfriado. Duolévo me dijo que se te pasaría pronto."

Ella solo asintió en silencio. La sabiduría del Rey Amarillo era incuestionable, además de que estaba a cargo de investigar las enfermedades de los cuatro países y la salud de los reinos. Su mente de seis años lo relacionaba más con la magia que con la ciencia, pero... ¿quién decía que los pesados y polvorientos libros del buen rey no encerraban algún que otro secreto mágico?

"¿Puedes contarme una historia?"

"Creo que ya sé cual contarte". Sonrió, a sabiendas de que a su hija le gustaría. Se sentó a su lado en la cama y empezó a hablar, con esa voz de barítono tan potente que encandilaba a todo el país.

"Hace mucho, mucho tiempo...

Los lobos vivían en manadas en los Antiguos Tiempos, gobernaban tres de los cuatro países que nos componen, a excepción del Reino Rojo. Era feroces, pero a la vez sabios, no atacaban a menos de que se sintieran en peligro, y convivían en armonía con el resto de las criaturas. Su pelaje era de un color marrón brillante.
Un día, sin embargo, los habitantes del Reino Rojo decidieron entrar a conquistar los territorios que los lobos tenían bajo su protección, y para ello pidieron armas al Reino Amarillo capaces de combatirlos. Ellos les entregaron una rama con los extremos unidos por crin de caballo y otra rama más puntiaguda. Los Rojos apuntaron con ellas a un lobo que se había salido de la manada y estaba perdido, la rama puntiaguda le traspasó el pelaje y cayó sin vida. Así, crearon el arco.
Pasaba el tiempo y el ejército Rojo avanzaba imbatible, conquistando tierras, acabando con la vida de los lobos, pese a que ellos habían comenzado a luchar con igual fiereza. Claro, conseguían frenarlos un poco, pero ellos aun contaban con ventaja, que era tener un arma a distancia. Los espíritus de los lobos marrones estaban furiosos, aullando, pedían ayuda a la luna por las noches, que era cuando los Rojos se detenían a descansar. Por ello, siempre que oigas aullar por la noche, recuerda de dónde viene ese sonido lastimero, que es lo que se ruega con él. Rogaban libertad, rogaban vida. Rogaban poder defenderse.
Pasaron años. Muchos años. hasta que los lobos llegaron a estar casi extintos. Solo se salvaba una pequeña manada que se refugiaba cerca del bosque de los Árboles Azules, sí... ese de la entrada de nuestro reino, pequeña. Nunca se supo por qué vinieron aquí, tal vez la tranquilidad que se respira por este lugar, el espíritu... Sea como fuere, aquí se refugiaban, y era en la época cuando reinaba Clíope II, el esposo de Eutéspere, a la que todos llamaban la Dama Azul, bella y talentosa como ninguna. Odiaba cómo los Rojos maltrataban a los lobos y había prohibido que bajo su reino se les hiciera daño, pese a que sus deseos eran ignorados y seguían aniquilando a los protectores marrones del Reino Azul. Su esposo no hacía nada, temeroso ante el ejército escarlata, así que ella llegó a mandar sobre él, todo con tal de proteger a esos animales salvajes.
Un día, oyó un lamento venir de los bosques, no muy lejos de su habitación del castillo... Curiosa, salió sin protección a ver qué ocasionaba el triste ruido, y al adentrarse un buen rato en la maleza, se encontró cara a cara con un enorme lobo marrón. El animal era majestuoso, grande como un potro, fuerte y elegante, y deambuleaba perdido, sin rastro del resto de la manada. Cuando Eutéspere, al acercarse, pisó una de las ramas e hizo ruido, el lobo se volvió hacia ella, con una mirada tan cansada y resignada, tan dolorosa, que entedió. Él era el último que quedaba de toda su especie.
Las lágrimas quemaban en sus ojos, presas de la indignación y la rabia que ella sentía, como si los sentimientos del lobo se mezclaran con los suyos. Él no trató de atacarla, la seguía mirando de la misma forma, aun cuando ella, vacilante, avanzó una mano para apoyarla en su lomo. El lobo aulló suavemente y volvió su cara al lago que bordeaba el claro en el que estaban, y que Eutéspere miró con curiosidad. El agua estaba clara y limpia, tenía una tonalidad azulada hermosa y, ciertamente, invitaba a entrar en ella. Nada más lo pensó, el lobo volvió a aullar.
"¿Eso es lo que quieres?" Preguntó ella, tras recuperarse del susto. "¿Que entre?"
El lobo volvió a aullar, y la joven entró en el agua, hundiéndose hasta lo más profundo. El lobo se acercó al agua, bajó la cabeza, y dos lágrimas salieron de sus ojos y se fundieron con el lago. Dos lágrimas que encerrarían toda la angustia por no poder salvar las almas de su manada, ni del resto de los lobos. Las lágrimas que solo puede soltar el superviviente de una guerra. Y entonces, Eutéspere volvió a salir. La que antes había sido una joven hermosa, delicada y de cabellos azulados, ahora era una hermosa loba del color del cielo en un día de verano. Se sacudió el hermoso pelaje y fue a olisquear el morro del otro lobo como saludo, que la esperaba con un aire de alegre bienvenida. Esa noche, hubo un coro de aullidos que no dejaron dormir al rey. Él juró y perjuró que nunca olvidaría la melodía horrible que cantaron, pese a que el resto del Reino Azul aseguraría que jamás habían oído nada tan hermoso. De la reina nadie volvió a oír, ni la volvieron a ver. Solo se supo que había desaparecido a la mañana después de los aullidos, y por más que la buscaron, jamás la encontraron. El rey, arrepentido y triste, ordenó al Reino Rojo que cesara todo ataque contra los lobos, ya que su querida esposa así lo hubiera deseado. No le costó mucho convencer al líder de los Rojos, ya que por muy fuertes que fueran, eran el país más superficioso, y temían la ira de los dioses a los que rezaban para tener éxito contra las batallas. Les dijo que el espíritu de Eutéspere protegía ahora a los lobos, y cualquiera que atentara contra esos animales sería severamente castigado durante toda su vida, así como tres descendencias suyas después.
Los Rojos recogieron sus cosas y salieron del Reino Azul, también bajo la promesa de respetar a los otros dos. Y la leyenda cuenta que su líder, cuando se volvió para ver cómo dejaban atrás el hermoso reino, pudo ver a lo lejos a dos lobos, uno azul y otro marrón, franqueándolo desde el bosque como si lo estuvieran protegiendo. Por supuesto, jamás le creyeron, cuando habló de ellos como espíritus guardianes.
Todo volvió a la normalidad, hasta que en primavera, cuando el rey visitaba la tumba de Eutéspere, la que le habían hecho pese a no haber encontrado jamás su cuerpo, dos cachorrillos de lobo, azules, salieron de entre los árboles jugando y persiguiendo sus colas. Él parpadeó, incrédulo ante lo que estaba viendo. Las lágrimas se acumularon en sus ojos cuando vio aparecer a la madre de estos, y ella clavó sus ojos casi humanos en él. La felicidad se expandió por su pecho al ver la calma de esos ojos, a los que por fin podía pedir perdón, por todo. No apartó la vista hasta que los lobos desaparecieron en el bosque de nuevo, pero un peso había desaparecido de su pecho, y estaba seguro, de alguna forma, de que su reinado sería largo y, por fin, feliz.
A partir de esa primavera y según pasaban los años, los lobos volvieron a reproducirse y repoblaron el país, solo que ahora había una ligera diferencia: todos los lobos serían azules."

Axia abrió los ojos lentamente, volviendo de la antigüedad de sus tierras a regañadientes, aún invadido por la bruma de la historia. Cuando miró a Robin, la pequeña estaba dormida, y su pelo corto se desparramaba por la almohada, blanco, contrastando con el azul de fondo. Mañana sería un día duro, la tendría que llevar a una fiesta real aun enferma, pero por el momento... estaba bien que descansara y durmiera. Besó su frente, causando que se revolviera y murmurara incoherencias, y salió de su cuarto, dejando que el sonido dulce de los lobos la acunara y protegiera.
"Cuida de ella, mamá." Susurró, al oír un nuevo aullido. "Estés donde estés. Sé que siempre lo haces."
Y los lobos respondieron a coro con una hermosa canción.