sábado, 25 de julio de 2015

Leyendas de Itania: Los Lobos Azules

Robin se acurrucó mejor en la cama, temblando entre las sábanas de un azul tan claro que casi era blanco. A su lado, Axia, rey de todo el país y su padre, le acariciaba la cabeza con suavidad.

"No te preocupes, es solo un resfriado. Duolévo me dijo que se te pasaría pronto."

Ella solo asintió en silencio. La sabiduría del Rey Amarillo era incuestionable, además de que estaba a cargo de investigar las enfermedades de los cuatro países y la salud de los reinos. Su mente de seis años lo relacionaba más con la magia que con la ciencia, pero... ¿quién decía que los pesados y polvorientos libros del buen rey no encerraban algún que otro secreto mágico?

"¿Puedes contarme una historia?"

"Creo que ya sé cual contarte". Sonrió, a sabiendas de que a su hija le gustaría. Se sentó a su lado en la cama y empezó a hablar, con esa voz de barítono tan potente que encandilaba a todo el país.

"Hace mucho, mucho tiempo...

Los lobos vivían en manadas en los Antiguos Tiempos, gobernaban tres de los cuatro países que nos componen, a excepción del Reino Rojo. Era feroces, pero a la vez sabios, no atacaban a menos de que se sintieran en peligro, y convivían en armonía con el resto de las criaturas. Su pelaje era de un color marrón brillante.
Un día, sin embargo, los habitantes del Reino Rojo decidieron entrar a conquistar los territorios que los lobos tenían bajo su protección, y para ello pidieron armas al Reino Amarillo capaces de combatirlos. Ellos les entregaron una rama con los extremos unidos por crin de caballo y otra rama más puntiaguda. Los Rojos apuntaron con ellas a un lobo que se había salido de la manada y estaba perdido, la rama puntiaguda le traspasó el pelaje y cayó sin vida. Así, crearon el arco.
Pasaba el tiempo y el ejército Rojo avanzaba imbatible, conquistando tierras, acabando con la vida de los lobos, pese a que ellos habían comenzado a luchar con igual fiereza. Claro, conseguían frenarlos un poco, pero ellos aun contaban con ventaja, que era tener un arma a distancia. Los espíritus de los lobos marrones estaban furiosos, aullando, pedían ayuda a la luna por las noches, que era cuando los Rojos se detenían a descansar. Por ello, siempre que oigas aullar por la noche, recuerda de dónde viene ese sonido lastimero, que es lo que se ruega con él. Rogaban libertad, rogaban vida. Rogaban poder defenderse.
Pasaron años. Muchos años. hasta que los lobos llegaron a estar casi extintos. Solo se salvaba una pequeña manada que se refugiaba cerca del bosque de los Árboles Azules, sí... ese de la entrada de nuestro reino, pequeña. Nunca se supo por qué vinieron aquí, tal vez la tranquilidad que se respira por este lugar, el espíritu... Sea como fuere, aquí se refugiaban, y era en la época cuando reinaba Clíope II, el esposo de Eutéspere, a la que todos llamaban la Dama Azul, bella y talentosa como ninguna. Odiaba cómo los Rojos maltrataban a los lobos y había prohibido que bajo su reino se les hiciera daño, pese a que sus deseos eran ignorados y seguían aniquilando a los protectores marrones del Reino Azul. Su esposo no hacía nada, temeroso ante el ejército escarlata, así que ella llegó a mandar sobre él, todo con tal de proteger a esos animales salvajes.
Un día, oyó un lamento venir de los bosques, no muy lejos de su habitación del castillo... Curiosa, salió sin protección a ver qué ocasionaba el triste ruido, y al adentrarse un buen rato en la maleza, se encontró cara a cara con un enorme lobo marrón. El animal era majestuoso, grande como un potro, fuerte y elegante, y deambuleaba perdido, sin rastro del resto de la manada. Cuando Eutéspere, al acercarse, pisó una de las ramas e hizo ruido, el lobo se volvió hacia ella, con una mirada tan cansada y resignada, tan dolorosa, que entedió. Él era el último que quedaba de toda su especie.
Las lágrimas quemaban en sus ojos, presas de la indignación y la rabia que ella sentía, como si los sentimientos del lobo se mezclaran con los suyos. Él no trató de atacarla, la seguía mirando de la misma forma, aun cuando ella, vacilante, avanzó una mano para apoyarla en su lomo. El lobo aulló suavemente y volvió su cara al lago que bordeaba el claro en el que estaban, y que Eutéspere miró con curiosidad. El agua estaba clara y limpia, tenía una tonalidad azulada hermosa y, ciertamente, invitaba a entrar en ella. Nada más lo pensó, el lobo volvió a aullar.
"¿Eso es lo que quieres?" Preguntó ella, tras recuperarse del susto. "¿Que entre?"
El lobo volvió a aullar, y la joven entró en el agua, hundiéndose hasta lo más profundo. El lobo se acercó al agua, bajó la cabeza, y dos lágrimas salieron de sus ojos y se fundieron con el lago. Dos lágrimas que encerrarían toda la angustia por no poder salvar las almas de su manada, ni del resto de los lobos. Las lágrimas que solo puede soltar el superviviente de una guerra. Y entonces, Eutéspere volvió a salir. La que antes había sido una joven hermosa, delicada y de cabellos azulados, ahora era una hermosa loba del color del cielo en un día de verano. Se sacudió el hermoso pelaje y fue a olisquear el morro del otro lobo como saludo, que la esperaba con un aire de alegre bienvenida. Esa noche, hubo un coro de aullidos que no dejaron dormir al rey. Él juró y perjuró que nunca olvidaría la melodía horrible que cantaron, pese a que el resto del Reino Azul aseguraría que jamás habían oído nada tan hermoso. De la reina nadie volvió a oír, ni la volvieron a ver. Solo se supo que había desaparecido a la mañana después de los aullidos, y por más que la buscaron, jamás la encontraron. El rey, arrepentido y triste, ordenó al Reino Rojo que cesara todo ataque contra los lobos, ya que su querida esposa así lo hubiera deseado. No le costó mucho convencer al líder de los Rojos, ya que por muy fuertes que fueran, eran el país más superficioso, y temían la ira de los dioses a los que rezaban para tener éxito contra las batallas. Les dijo que el espíritu de Eutéspere protegía ahora a los lobos, y cualquiera que atentara contra esos animales sería severamente castigado durante toda su vida, así como tres descendencias suyas después.
Los Rojos recogieron sus cosas y salieron del Reino Azul, también bajo la promesa de respetar a los otros dos. Y la leyenda cuenta que su líder, cuando se volvió para ver cómo dejaban atrás el hermoso reino, pudo ver a lo lejos a dos lobos, uno azul y otro marrón, franqueándolo desde el bosque como si lo estuvieran protegiendo. Por supuesto, jamás le creyeron, cuando habló de ellos como espíritus guardianes.
Todo volvió a la normalidad, hasta que en primavera, cuando el rey visitaba la tumba de Eutéspere, la que le habían hecho pese a no haber encontrado jamás su cuerpo, dos cachorrillos de lobo, azules, salieron de entre los árboles jugando y persiguiendo sus colas. Él parpadeó, incrédulo ante lo que estaba viendo. Las lágrimas se acumularon en sus ojos cuando vio aparecer a la madre de estos, y ella clavó sus ojos casi humanos en él. La felicidad se expandió por su pecho al ver la calma de esos ojos, a los que por fin podía pedir perdón, por todo. No apartó la vista hasta que los lobos desaparecieron en el bosque de nuevo, pero un peso había desaparecido de su pecho, y estaba seguro, de alguna forma, de que su reinado sería largo y, por fin, feliz.
A partir de esa primavera y según pasaban los años, los lobos volvieron a reproducirse y repoblaron el país, solo que ahora había una ligera diferencia: todos los lobos serían azules."

Axia abrió los ojos lentamente, volviendo de la antigüedad de sus tierras a regañadientes, aún invadido por la bruma de la historia. Cuando miró a Robin, la pequeña estaba dormida, y su pelo corto se desparramaba por la almohada, blanco, contrastando con el azul de fondo. Mañana sería un día duro, la tendría que llevar a una fiesta real aun enferma, pero por el momento... estaba bien que descansara y durmiera. Besó su frente, causando que se revolviera y murmurara incoherencias, y salió de su cuarto, dejando que el sonido dulce de los lobos la acunara y protegiera.
"Cuida de ella, mamá." Susurró, al oír un nuevo aullido. "Estés donde estés. Sé que siempre lo haces."
Y los lobos respondieron a coro con una hermosa canción.

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